lunes, 17 de agosto de 2009

El castillo morisco en el pueblo

UN CASTILLO MEDIAVAL EN EL CHACO

Alfonso de Avilés

Era una tarde calurosa y llegaba por primera vez a una localidad que sorprendía y se activaba mi curiosidad a cada paso que mi cuerpo realizaba. El final de mi visita conocí algo que popularmente llamaban “El Castillo”.
Yo no podía creer que en esta parte del Chaco existiera algo que se pareciera a esas grandes fortalezas que en la época medieval coronaba los grandes condados de la Vieja Europa.
Cuando estuve frente a él, mi asombro fue total. Una gran mole construida a las orillas de la gran laguna, se alzaba imponente y señorial. Con su torre defensiva, su gran acceso coronado por vidrios de colores, tal como si se tratara de los vitrales de un gran catedral, invitaban a conocer su interior. Las murallas con formaciones estilo árabe hacían imaginar los vigías paseando por la parte superior, ataviados con sus armaduras y portando sus ballestas para evitar la invasión por parte de extraños que pretendieran llegar hasta los aposentos de su amo.
Tras golpear la mano una dulce anciana abría la gran puerta (coloso de madera que si mis ojos no me engañaron, estaba revestida por aquellos clavos realizados a mano en hierro fundido a forja de siglos pasados). Tras presentarme mi acompañante, penetramos a un interior que hacía presumir que el tiempo se había detenido a principios de la era de los cruzados. Las palabras de la anciana me transportaban a esas vivencias estampadas en los libros que han narrado los reinados pasados y las épocas de la gran cristiandad.
Escaleras que llevaban a las murallas y a la gran torre, se desprendían desde un lateral del salón, que en penumbras se mantenían. Hasta ese olor a cirio que he podido retener en la visita realizada a las grandes construcciones religiosas de 1700, se podía apreciar con facilidad.
Tras una amena visita cultural, explicada con sumo detalle por su moradora, bien habida de conocimientos históricos, y detalles que seguramente no aparecerán en ninguna publicación local, sentí la necesidad de conocer mucho más sobre quién fue y porque construyeron una réplica de castillo en una zona tan alejada de las realidades históricas medievales europeas.
Con los datos a portados por su dueña (Menéndez de Peón), conocida cariñosamente como Porota, me dirigía a la Biblioteca Pública local, y tras consultar con algunos autores que reflejaban pequeñas aportaciones al tema, decidí hacer una profunda y exhaustiva investigación.
Al consultar otras fuentes a través de sistemas avanzados de información digital, descubrí aspectos tanto del constructor como del propietario que ordenó tal majestuosa construcción, que incitó aún más mi curiosidad de historiadora aficionada. Y me tomé la libertad de escribir el libreto que usted lee en este momento.
Se que narrar los acontecimiento tan fríamente, como los que se aportan como datos en los registros históricos, no llevan al lector y integrarse en los momentos, situaciones y sentimientos que motivaron a estos personajes, por lo que trataré de narrarlo imaginando algunos de los acontecimientos vividos por estos dos protagonistas que dejaron su obra para el disfrute visual y la curiosidad de todos aquellos que frente al castillo sienten la necesidad de ir más allá de las piedras que lo forman.
Corría el año 1884, Granada, Andalucía (sur de España) vivía los últimos vestigios del reinado del exponente de la corona borbónica (Alfonso XII). Fue la sublevación republicana del General Villacampa, se insurreccionaba Cuba. Las familias de bien, aspiraban a que sus hijos tuvieran profesiones de acuerdo a su estirpe, o sea que era un privilegio para los hombres de “bien vivir”, presentar a sus hijos en las reuniones sociales, como curas, monjas, doctores o militares. Nuestro protagonista no tenía inclinación dogmática pero era como todo buen hijo, cumplidor de los mandatos de su padre terrateniente, y siendo todavía muy joven ingresó en el Seminario del Cristo Redentor de Sevilla, sus años pasaban de estudios profundos sobre la teología y las ciencias que capacitan a un siervo de Dios para su función sacerdotal. Pero su entretenimiento era aprovechar los tiempos libres en la biblioteca, para leer y dibujar sobre el tema que más le apasionaba “La Arquitectura”. Tenía problemas con el Padre Damiano de la Fuente, pues dedicaba más tiempo a su vocación placentera, que a sus estudios católicos, apostólicos y romanos. Fue tal su entusiasmo por como construían los griegos, los romanos y los árabes, que en repetidas ocasiones fue llamado su padre a reprenderlo frente a los profesores religiosos, y negándole la posibilidad de consultar más libros sobre el tema que se almacenaban en los sótanos del Seminario.
La incomodidad de esa situación producía en este español una rebeldía mayor sobre sus educandos y un alejamiento mental a la hora de las oraciones y el rosario vespertino que se realizaba las seis de la tarde. El Abad (rector) lo castigaba continuamente por su falta de concentración mandándolo hacer tareas de limpieza, jardinería y las compras para la cocina, en el mercado del pueblo, con un asno que no era para transportarlo si no para cargar los morrales llenos de alimentos que debía obtener, pasa surtir la alacena de la oscura y envejecida por el humo sala culinaria.
En uno de esos viajes antes que despuntara el sol, conoció a un marinero que también realizaba la adquisición de manjares para proveer el barco, que llevaba en los viajes a las Nuevas Américas.
En esos encuentros con el curtido hombre de mar, se ilustraba cuando le narraba las maravillas del Nuevo Mundo, y las oportunidades que se le ofrecía a personas que estaban capacitadas en alguna de las ciencias.
Estas palabras del gran navegante, se transformaron poco a poco en una necesidad de conocer esas tierras y de huir de esa cárcel que su padre había elegido para el y que no compartía en nada.
Una advertencia definitoria del director alentó más aun a nuestro protagonista a escapar, aún sabiendo que no retornaría nunca más a España, para no enfrentarse con su posesivo padre y aprovechando uno de sus castigos, tomo sus pocas pertenecías y las ocultó en el costal que transportaba el asno y se dirigió al puerto con la esperanza de enrolarse como marino a las ordenes del capitán de su amigo, de conversaciones en el mercado. No tuvo suerte pues el barco de ese gran narrador de aventuras había partido rumbo a Nueva Ginea, pero si estaba anclado un buque con carbón que se dirigía a Brasil y estaba solicitando escribientes para la narración de la ruta en el Libro de Bitácoras.
No lo pensó mucho pues cuando subiera la marea tenían que zarpar. Pocas horas quedaba y la única preocupación es que del seminario dieran la alarma a las autoridades y no pudiera salir de puerto. Pero se tranquilizó cuando a voz de mando el capitán dijo –suelten amarra-. La gran fortaleza lentamente se desprendía del muelle enmohecido y disponía su proa hacía la garganta de salida que ese puerto tenía para defenderse de posibles temporales que raramente ocurría en el Mar de la Tranquilidad (Mediterráneo).
Ya a la altura del Peñón de Gibraltar, cuando desde la eslora donde le había dispuesto el capital una mesita con silla, podía divisar las dos costas (España y Marruecos). Su sensación de estar libre de las cadenas que le ataban a un destino no deseado se desprendía en el trascurso de su viaje, y por fin después de unos días divisaban el último puerto de abastecimiento en las costas de África (el archipiélago canario).
Dos días estuvo anclado el buque, y una noche de una luna espléndidamente luminosa, partían rumbo a las costas americanas.En pleno Océano Atlántico, cuando las olas se elevaban como colosos amenazantes y el temor era palpable, su capitán los entretenía compartiendo experiencias marítimas y el a su vez, compartiéndole los motivos de su viaje secreto. El capitán lo alentó diciendo – yo tengo un amigo en Paranagua (Sur de Brasil) donde tenía último destino la embarcación, que seguramente te va a servir para emprender tu nueva vida en el continente- (América). Fue así que tras llegar a puerto lo primero que hizo el capitán es dirigirse a la gran casa que este amigo español, que tenía en esa ciudad brasileña y presentarle a este andaluz.
Corría el año 1901 y la primera noticia recibida de su España era la asunción del nuevo rey Alfonso XIII y el casamiento del monarca con Victoria Eugenia Battemberrg. A nuestro escapado amigo es lo que menos le interesaba, las noticias del Reinado español.
No transcurrió mucho tiempo que nuestro amigo convenció al indiano para permitirle dirigir una obra que pretendía construir en una de las haciendas que tenía en el interior de la selva de una localidad conocida como Livamento cercana a la frontera con Uruguay. Fue una de las grandes ventajas de no tener que aprender perfectamente el idioma, pues la mayoría de los trabajadores eran uruguayos, argentinos y paraguayos.
Corría el año 1902 y tras conocer a unos doctores en medicina de la Provincia del Chaco que se encontraban tratando de comprar animales vacunos para sus propiedades en esta provincia argentina, y el con tan solo 25 años y sus ganas de conocer mundo se dejó convencer por este Dr. Perrando de la ciudad de Resistencia para que viviera en esta localidad realizándole la dirección de obra de una chanchería con la que contaba a las orillas del Río Negro.
Tras un año de trabajo en la casa del Dr. Perrando, un día le invitó a que visitaran ambos, un amigo español que tenía el galeno en la localidad de la Colonia Juan Penco. En realidad se trataba de que el Dr. había sido convocado para que mediara en un conflicto familiar producido en esa localidad en la cual los contendientes eran ambos amigos de él y de otro amigo en común llamado Quijano.
Los dos estuvieron seis días en la localidad (Colonia Juan Penco), pero Benigno Peón el amigo de Perrando le contrató para que le realizara un proyecto de vivienda para independizarse de su hermano de forma total.
Benigno Peón era un inmigrante asturiano que había venido por reclamo de su hermano Faustino Peón y su primo Basilio Menéndez cuando tan solo era un niño para trabajar en las tareas de campo de Don Penco, pero por su capacidad de ahorro y de trabajo incansable fueron comprándole tierras al viejo que tras la muerte su viuda e hijo le vendieron el resto de la propiedad para que se la fueran pagando los hermanos astures.
Por disputas que no vienen al caso, nuestro protagonista solamente conoció a Benigno. Un hombre emprendedor, con una capacidad creativa fuera de lo normal. La construcción de aserraderos, el trazado de una línea férrea desde Santo La Vieja hasta La Escondida, para transportar los rollizos desde el corazón del monte, lo querido que era por la comunidad chaqueña y en todas las asociaciones era Benigno Peón un representante respetado por todos.
Lo cierto es que le llevó un mes que se pusieran de acuerdo que tipo de hogar deseaba construir este fundador. Corría el año 1902. Y por fin constructor y propietario se ponían manos a la obra. Un castillo estilo morisco a las orillas de una gran laguna, donde estuvo instalada la estancia de la familia Fernández hacía el año 1784.Cuando se comenzaron las obras, comenzaron los primeros problemas que este andaluz tuvo que resolver. Las orillas de la laguna no daban garantía para soportar una mole tan majestuosa. Era arena, humedad a tan solo cuarenta centímetros, y falta de materiales para construir adecuadamente. Por ello busco en primer lugar una tierra que fuera idonea para la instalación de una ladrillería. La encontró al otro lado de la laguna (la isla), tierra negra, agua en abundancia y sol, mucho sol para cocerlos a la intemperie y unos balsones para trasladar por el espejo los ladrillos cocidos al sol. Con la misma arena y cociendo las rocas calizas que le eran enviadas de Resistencia, comenzó la construcción en Diciembre de 1902.
Se inauguró el Castillo con una gran fiesta de invitados de Don Benigno Peón, venidos de Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba y también de su tierra natal La Collada, Concejo de Pola de Siero (Principado de Asturias).
Los carruajes se agolpaban en la gran puerta metálica que creaba el acceso al gran jardín y al fondo imponente, se reflejaban relucientes sus broces. El Castillo de la localidad que luego llevaría el nombre impuesto por este gran emprendedor llamado Benigno Peón.
Tras cobrar lo pactado por tal maravilla arquitectónica este arquitecto aficionado desapareció. Algunos dijeron que habría retornado a su Andalucia añorada, otros afirmaban que se volvió a Brasil a seguir su afición a construir mansiones para los adinerados. La cuestión es que nunca más se supo de este gran arquitecto e ingeniero que tenía estudios religiosos y no universitarios. Pero que hay queda su obra, como muestra de una gran capacidad de desarrollo civil, patrimonio de la provincia y del mundo que identifica el coraje y la creación fuera de lo habitual de emigrantes que dejaron plantadas raíces de conducta y de trabajo y por encima de todo, un elemento arquitectónico orgullo de los vecinos de La Verde. EL CASTILLO, gracias a Don Benigno Peón que aportó los medios y a Don Candido Jesús González del Real y la Cartuja que dejó su obra para que las generaciones futuras sepan que a pesar de las dificultades se puede convertir cualquier sueño en realidad en una zona perdida la cual se llamó un día La Verde.

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